viernes, 20 de diciembre de 2013

EL TABERNERO QUE REGALA SONRISAS Y VENDE CABALLITOS

GASTROGURÚ 13
JOSÉ RAMÓN GARCÍA IBAÑEZ
PROPIETARIO DE “PEPE EL TORRAO. SAN JUAN”
Fotografía: Antonio Juan Gras Alarcón





Solamente aquellos que son conscientes de su pasado conocen el valor de la historia y lo complicado que es perdurar en el futuro. A José Ramón García Ibáñez, al que todos llaman invariablemente Pepe “el Torrao”, la casta le viene heredada. Primero un abuelo que en el refajo llevaba garbanzos “torraos” y peladillas para dar a los chiquillos a la salida de la misa dominical. Más tarde por un padre que en “Casa Perico” atendió durante muchos años a los artistas que venían al Teatro Romea, ofrecía gabardinas a una hermosísima gitana llamada Lola Flores, y aprendió el singular misterio de la fritura y los rebozados.

Cuando Don José García, su padre, da el salto para hacerse emprendedor y montar su local en Santa María de Gracia, su hijo mayor cogió una bicicleta Peugeot y se fue a ver al patriarca de los Fornet, proveedores de maquinaria de hostelería, para que le vendiera la mejor freidora que tenían, y atándola como pudo en su velocípedo, logró introducir el primer rasgo de cambio en el negocio familiar.

La mente ágil de aquél niño, que estudiaba a la luz de una vela y sobre cajas de cocacolas, le pedía más acción que horas de estudio. Y aprendió una profesión a base de observar, colocarse detrás de una barra y mostrar de lo que era capaz.

Con el paso de los años “El Torrao” ha  logrado tener muy claro cuál es la diferencia entre vender y dar servicio, situándose entre los que quieren dar servicio, porque aun sabiéndose un buen comerciante, aquellos que se han sentido bien atendidos son los que regresan. Agradecidos.

En su rosario de ideales el producto es el santo que no hay que enmascarar, porque los clientes se van cansando de aquellas malas copias que buscan apellidos famosos pero  de enjundia escasa.  Como un filósofo que expone su pensamiento repartiendo dosis de sabor siente predilección por lo cercano. Pescados como el mújol o el galupe, muchas veces injustamente valorados y que por sencillos no dejan de ser magníficos. Verduras como la alcachofa,  capaz de ser transformada en gloria palatal si es fresca y de la estación precisa. Cereales como el arroz, con los que busca gustos populares y olvidados.  O especias como el azafrán o la ñora, con los que aromatiza y da profundidad a sus preparaciones.

Marca el ritmo de su pensamiento gastronómico con el calendario de la sensatez. Equilibrando precio y calidad. Y  su barra, en la murcianísima plaza de San Juan, es el referente ecuánime donde el tomate y el mundo de la huerta se expresan a la antigua usanza. Allí el producto sabe a lo que tiene que saber. Practicándosele una intervención reconciliadora.

A Pepe le duele tanto que no se haya conservado un patrimonio urbano que nos identifique  como contemplar el desgaste que sufre hoy su profesión. La calidad tiene un coste, y aunque le supone llevar algunos años no disfrutando de tiempo para las vacaciones, es un hombre agradecido con los que saben buscar su diálogo. Por eso regala sonrisas, baja la temperatura de los Jumillas para que sean más apreciados y persevera en mostrar el lujo de una tierra capaz de emocionar. Es un tabernero tan local que es universal. El producto, su verdadera nación.



















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